A unos pasos del portal de casa "B" descubre que ha olvidado las llaves. Se maldice y espera la llegada de su madre. La lluvia ahora es más fuerte que antes y esos minutos son fatales. En estos días tan complicados para él, lo que menos le conviene es tener la oportunidad de pensar. Todo se centra en el último adiós. El último beso en la mejilla del hombre al que había querido tanto. Ahora, con las lágrimas y las gotas de lluvia emborrachando el momento, la garganta se le hacía un nudo. Ya no sabía ni si salado o dulce, si reír o llorar o si patear la puerta para entrar en casa. Cuando, por fin, la madre llega, se excusa la palidez con la tormenta y ambos entran adentro. De brazos abiertos, así es como cae en la cama. El suelo mojado, barro por todas partes... ¡qué importa! Las drogas no funcionan, no se le hubiese ocurrido meter mano del cajón del hermano. Una calada de la mejor hierba le calmaría, pero tal vez lo más sensato fuese llorarlo todo de una vez. Quedó en reunirse en unos minutos con su felicidad, allí donde días atrás había recibido una fuerte paliza. Quería saber por qué "D" había decidido acabar con la relación. Quería entender el porqué de esa traición.Incorporado en el sofá del cuarto y la mirada fija en el cristal se preguntaba, mirando en lontananza, cuánto sufrimiento habría ahora mismo por el mundo. Y si a todos, por un segundo, se les concedieran sus más preciados deseos. ¿Cómo iría el mundo de bien? «Vaya gilipollez , advirtió al minuto. Y, ¿le deseo que la vida le vaya genial o tal vez el más terrible de los males? Me hubiera gustado entrar en la cabeza de "B", como narrador omnisciente que soy, pero he considerado no atormentarle más. Necesita espacio para reubicar prioridades, para recuperar viejos amigos del pasado. Desempolvar el manual de ligue y buscar amigos para salir. Es atractivo e inteligente, lástima que "D" no haya sabido apreciarlo.
En la ladera del Tibidabo, "D" recorre la vegetación con la palma de la mano. Las ramillas más altas le acarician y le regalan un cosquilleo. Incapaz de robarle una sonrisa, levanta la mirada y lo único que ve es el mar a lo lejos. Barcelona se tiende a sus pies, pero la desgana le impide recordar. El parpadeo de las luces le recuerda que no está solo. Él no es de los que llora. La vanidad, la vergüenza y el falso orgullo confabulan un estado de ánimo imposible para el cóctel que hay en su cabeza. Algunos llaman "fuertes" a ese tipo de personas. ¿Tan malo es llorar? ¿Tan malo es llorar hasta ahogarte en el pozo que tú mismo has creado? Descubrir que has metido la pata hasta el fondo, qué no está bien y, sin embargo, sentir que es lo mejor para ti. Una mezcla entre mala persona y egoísmo que te despedaza emocionalmente.
"D" tiende la mano y recibe respuesta. Un apretón cálido de "Z". «Todo va a pasar, anímate», susurra una voz misteriosa. Podría ser una voz cualquiera; cuando nos ocurren estas cosas queremos oír lo que nos interesa. Que si no es bueno, ¿qué importa? No necesito un hombro cualquiera para llorar. Quiero a "B". Me he acostumbrado a vivir nuestra vida. Nuestras tonterías, nuestros códigos secretos, nuestra forma de querernos... ¡No! ¡Yo di el paso! De la Z a la A. "Z" se enamora de "D" y el bucle es infinito. Así funciona el amor: una cadena de ilusión y odio cuyo punto de ebullición lo eliges tú.
En la ladera del Tibidabo, allí donde los árboles no echan raíces, la lluvia arrastra la tierra y, con ella, todos los sueños y proyectos sembrados. No estás solo.
Nihil perpetuum est




