sábado, 18 de mayo de 2013

40. En la ladera del Tibidabo

A unos pasos del portal de casa "B" descubre que ha olvidado las llaves. Se maldice y espera la llegada de su madre. La lluvia ahora es más fuerte que antes y esos minutos son fatales. En estos días tan complicados para él, lo que menos le conviene es tener la oportunidad de pensar. Todo se centra en el último adiós. El último beso en la mejilla del hombre al que había querido tanto. Ahora, con las lágrimas y las gotas de lluvia emborrachando el momento, la garganta se le hacía un nudo. Ya no sabía ni si salado o dulce, si reír o llorar o si patear la puerta para entrar en casa. Cuando, por fin, la madre llega, se excusa la palidez con la tormenta y ambos entran adentro. De brazos abiertos, así es como cae en la cama. El suelo mojado, barro por todas partes... ¡qué importa! Las drogas no funcionan, no se le hubiese ocurrido meter mano del cajón del hermano. Una calada de la mejor hierba le calmaría, pero tal vez lo más sensato fuese llorarlo todo de una vez. Quedó en reunirse en unos minutos con su felicidad, allí donde días atrás había recibido una fuerte paliza. Quería saber por qué "D" había decidido acabar con la relación. Quería entender el porqué de esa traición.
Incorporado en el sofá del cuarto y la mirada fija en el cristal se preguntaba, mirando en lontananza, cuánto sufrimiento habría ahora mismo por el mundo. Y si a todos, por un segundo, se les concedieran sus más preciados deseos. ¿Cómo iría el mundo de bien? «Vaya gilipollez , advirtió al minuto. Y, ¿le deseo que la vida le vaya genial o tal vez el más terrible de los males? Me hubiera gustado entrar en la cabeza de "B", como narrador omnisciente que soy, pero he considerado no atormentarle más. Necesita espacio para reubicar prioridades, para recuperar viejos amigos del pasado. Desempolvar el manual de ligue y buscar amigos para salir. Es atractivo e inteligente, lástima que "D" no haya sabido apreciarlo.

En la ladera del Tibidabo, "D" recorre la vegetación con la palma de la mano. Las ramillas más altas le acarician y le regalan un cosquilleo. Incapaz de robarle una sonrisa, levanta la mirada y lo único que ve es el mar a lo lejos. Barcelona se tiende a sus pies, pero la desgana le impide recordar. El parpadeo de las luces le recuerda que no está solo. Él no es de los que llora. La vanidad, la vergüenza y el falso orgullo confabulan un estado de ánimo imposible para el cóctel que hay en su cabeza. Algunos llaman "fuertes" a ese tipo de personas. ¿Tan malo es llorar? ¿Tan malo es llorar hasta ahogarte en el pozo que tú mismo has creado? Descubrir que has metido la pata hasta el fondo, qué no está bien y, sin embargo, sentir que es lo mejor para ti. Una mezcla entre mala persona y egoísmo que te despedaza emocionalmente.
"D" tiende la mano y recibe respuesta. Un apretón cálido de "Z". «Todo va a pasar, anímate», susurra una voz misteriosa. Podría ser una voz cualquiera; cuando nos ocurren estas cosas queremos oír lo que nos interesa. Que si no es bueno, ¿qué importa? No necesito un hombro cualquiera para llorar. Quiero a "B". Me he acostumbrado a vivir nuestra vida. Nuestras tonterías, nuestros códigos secretos, nuestra forma de querernos... ¡No! ¡Yo di el paso! De la Z a la A. "Z" se enamora de "D" y el bucle es infinito. Así funciona el amor: una cadena de ilusión y odio cuyo punto de ebullición lo eliges tú.
En la ladera del Tibidabo, allí donde los árboles no echan raíces, la lluvia arrastra la tierra y, con ella, todos los sueños y proyectos sembrados. No estás solo.
Nihil perpetuum est

viernes, 17 de mayo de 2013

39. Regálame un paso

[Momento de reflexión núm. 1]
En un instante te desplazo a un lugar relativamente hermoso. La relatividad ordena las figuras a tu gusto. Un paisaje cálido, un encuadre romántico, primaveras conceptuales y algún que otro pájaro perdido que revolotea las alas para encontrar de nuevo a su bandada y emigrar. Volar bien lejos donde las caras conocidas se distancian —no más de lo que queramos— y la imagen de un presente estable se desvanece.
Vuelve el negro, te digo. En medio de ese bosque, donde las ramas rotas abren una pequeña pradera en el valle coloco una mesa. Te siento enfrente y ya apareces con los puños cerrados bajo la barbilla. ¡Eh, escucha! Sé que es un sueño pero, por favor, levanta la mirada; esto es importante para mí. Ya van años que disfrazo esta locura de amistad. Cinco letras para esconder en cada una de ellas las miradas y sonrisas que me llevo a casa. Las guardo todas, ¿sabes? Tengo un catálogo con tus recuerdos y cada día paso lista a mis secretos, por si alguno se va de la lengua. No ha sido difícil. Donde tú ves un imponente muro que separa nuestras emociones, yo sólo veo niebla. Densa, sí, pero niebla, al fin y al cabo. ¿No? Es muy fácil. Significa que si tú das un paso y yo doy otro, podemos besarnos. Significa que, si llueve, tienes que abrir los brazos y rezar a la Madre Tierra. Créeme: a partir de ahora, cuando llueva, te vas a acordar de mí. Y si cosechas día tras día una sonrisa, verás como todo da una vuelta y la tortilla te sonríe.

[Momento de jarro de agua fría]
¿Y este positivismo? No lo sé. Hace años me pasó lo mismo. No fue tan bonito. Ni siquiera salió bien. Fue en un bar de mala muerte. Un café, un saludo escueto y un "te quiero". Él, heterosexual. Muy bien, sí, sí, amigos y eso. Desde entonces no le veo. No pasa nada, oye. Cada historia funciona diferente, cada química se va abriendo su camino. ¿Que si lo superé? Naturalmente. Cada historia fallida, cada nuevo "amor" que ilumina nuestras vidas es una pequeña semilla en la experiencia y una pequeña huella en nuestra cabeza. Y eso lo llevamos a todas partes, esos momentos clave (que suelen ser los más tontos) son como las capas de una cebolla. Dura por fuera, tierna por dentro.
A veces pelas cebollas, a veces quieres llorar y recordar tu pasado. Muy digno y muy instructivo. ¿Cómo voy a odiarme años atrás? Si pudiera, volvería a mi "yo" de hace unos años y le daría una palmadita en la espalda. Ni siquiera le diría «no hagas esto» o «haz lo otro», simplemente un: «vas bien, chaval».

[Momento de inflexión núm. 2]
En esta historia a lo Brokeback Mountain no puedo matar a nadie; tampoco puede acabar mal como mi historia. En este relato, los vaqueros se levantan de la silla, se abrazan y se prometen amor eterno. Se prometen un lecho de paja en el granero y no huelen la cazadora recordando un pasado que no pudo ser.

38. Una salida

Despierta y regálame tus miedos: hoy saltamos al vacío. Recoge tu vida anterior y despídete por una temporada, que hoy cambiamos de realidad; hoy verás las cosas de un modo distinto. Hasta ahora he sido el otro, he compartido besos, miradas y robados en la ducha, pero todo eso se acabó. Dos opciones: perderte o tenerte para mí. Mi estrategia funcionó y ahora intentas destruir su ilusión con unas palabras de desilusión. Lo que antaño te supuso descubrir tu nueva sexualidad, ahora no te aportaba nada. Descubriste que conocer a alguien desde cero es siempre una nueva oportunidad para no repetir errores del pasado. Podías ser otra persona, borrar para siempre los prejuicios que te acompañaban. Y ahí, en el punto de iniciar un nuevo viaje, te encuentro yo. Con la maleta en una mano y un "te quiero" en la otra.
Parecíamos predestinados a olvidar aquellos minutos inciertos de aclaraciones. ¿Que qué somos? No lo sé, tú y yo, supongo.
Tras tantas apuestas ya no sabes dónde cortará el croupier. Ya no sabes qué mano será la afortunada y si va a durar mucho tiempo. Con suerte, entre trago y trago, la amargura se deslizará por mi estómago. Ese líquido morado que me turbia la mente y me permite vivir, aun sin pensar. Sigue respirando, a mí aún me queda lo más duro. El último tramo del camino que, traicionero, te muestra en la salida un cartel enorme de letras rosas. «Fracaso», pone ahí. Nadie me ha dicho que el del éxito se esconde en el zócalo de la misma puerta. Escarbas para encontrarlo. Primero la mano, tu ojo curioso después. Te arrastra el cuerpo entero al precipicio. ¿Me has visto caer? Caigo cada día, unos minutos. Caigo en depresión, caigo enamorado, caigo y me levanto. ¿Me levanto por obligación? Lector, tendría que matarte. Darte un beso en la boca, entregarte una rosa y pedir tu más eterno silencio. Sólo escucha mis palabras que, de la luminosa pantalla saltan a tus oídos, narradas por tu mayor deseo. Es ese hombre, ese chico, ese muchacho que te nubla la razón. Esa vida juntos que cada día se proyecta incansablemente, síntoma de locura. ¿Vas a luchar? ¿Vas a encontrar tu salida?

You can laugh
A spineless laugh
We hope your rules and wisdom choke you
Now we are one in everlasting peace

lunes, 6 de mayo de 2013

37. Adolescentes gays y sociedades represivas

Hoy viendo un vídeo de Bily Elliot me he acordado. Su hermano le grita «¡cómo te vas a dedicar a bailar». Un sociedad minera de los años '80 en el norte de Inglaterra, para poneros en contexto. Entonces suena "Town called malice" de The Jam, Billy pega una patada a la puerta y sale de las cuatro paredes de hormigón que le oprimen. Es el principio de la persecución de un sueño. Un sueño que, a la fuerza, le llevará a la desaprobación de su familia. Es capaz de vencer a las circunstancias en aras de su felicidad.
Después he visto otro vídeo de mi grupo predilecto, los islandeses Sigur Rós (en español, rosa de la victoria). Su canción llamada "Viðrar vel til loftárása" narra la historia de un niño al que le gusta jugar con muñecas. Su padre le descubre y la lanza al mar. El niño pronto nos descubre su espacio vital y de cómo comparte momentos con un amigo, algo más que momento. Más adelante, los dos niños aparecen jugando al fútbol y, cuando uno de ellos marca un gol, el otro se abalanza sobre el primero para darle un beso delante de todo el pueblo. De nuevo, el padre vuelve a aparecer con cara de pocos amigos, tratando de impedir lo inevitable. El rodaje del videoclip —aunque más parece una pequeña película— y el uso del slowmotion hacen que los sentimientos se enaltezcan mucho más, realmente me cautiva. Echadle un ojo a este último y decidme qué pensáis.

36. Él es mi Christian Grey

Tras el primer latido, todo se pone en marcha. Es un sistema preparado, concebido para funcionar. No errores, no fallos humanos. El ritmo marca el sentido de la marcha. Cierras los ojos aquí para abrirlos en otra parte. Allí no hace falta esconder los sentimientos, no es necesario encerrarse en el armario para llorar. El amor es un cuento muy antiguo. Colapsa tus sentidos, es un droga peligrosa con sobredosis. ¿Eres capaz de incendiar una lágrima? Y más si tu llanto ensordece los cánticos de victoria de algunos, hazlo más fuerte.
Tras despertar en alguna realidad paralela me descubro inmóvil en la cama de Christian Grey. Oigo ruidos, pero soy incapaz de excitarme. Ahora soy un bicho, una especie de caparazón con patitas, un monstruo kafkiano incomunicado del exterior. Ahora la línea del peligro está muy por debajo. En ese contexto inexplicable, ¿qué es mejor para mí?
Christian se acerca, sin camiseta, tapando su vergüenza (no la mía) con una toalla minúscula. Esa toalla elegida adrede, esa toalla empieza a ser la piedra angular de mi deseo sexual.
Las dos manos esparcen el aceite que gotea de su cuerpo —ya se había preparado— y se unen en el pubis. La situación está planeada de antemano. El veneno que me paraliza es el miedo. ¿Miedo a qué? ¿Miedo a no merecerlo? Tal vez el precio por romper las cadenas sea demasiado alto, pero la recompensa es demasiado suculenta. Soma es mi apellido, soma de dolor, claro, por asomarme en ventanas que no me corresponden.
Las lágrimas en el fuego sí que arden. Arden y dejan un rastro muy característico. Ya no es momento de rezarle al señorito Grey.
Teardrop on the fire
Fearless on my breath